Desde el momento en que quité mi barrera supe que estaba en peligro, que algo peor me acechaba, que no saldría viva de todo aquello.
¿Es verdad eso de que me rendí? ¿Que no quise continuar más? No he hecho más que seguir adelante aún sabiendo toda la mierda que me esperaba. Quería comenzar de nuevo pero estaba en contra de aceptar todo tal y como era. Quería cambiarlo. Aceptar mis sombras, enterrar mis miedos y dejarlos atrás, olvidar y volver a levantar. Volver a volar.
Caí demasiado bajo, llegué demasiado lejos en la oscuridad y mis alas rompieron. Eché a correr sin encontrar salida, cayendo de rodillas, derramando lágrimas a cada paso. No tenía nada que perder ni nada por lo que seguir. ¿Sueños? Se esfumaron con el tiempo. Era yo. Sólo yo. Encerrada en mí misma tratando de encontrar algo de luz en mi interior. Intentado ver más allá de las nubes que ocultaban el cielo.
No me rendí. Pudo conmigo. Me enfrenté a ello hasta el final. El frío abundaba en mí y el miedo me apuñalaba más profundo. El sol se mantenía escondido y las calles llenas de una densa y oscura niebla no me dejaban ver.
Habrá heridas que las cure el tiempo pero si pasa demasiado puede ir a peor.
Te preguntas por qué te quitaste la armadura, por qué dejaste que tu corazón sintiera, por qué no te quedaste tras tu barrera.
Estabas atrapada y querías soñar, tener algo por lo que seguir adelante, por lo que arriesgarte y poder sentirte viva.
La oscuridad y la niebla son buenos amigos, tu no te diviertes con la oscuridad y la niebla que raro si son muy divertidos. Vivir no es divertido porque existimos nunca te lo has planteado
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