Pues fue mi madre a una ferretería a comprar una cacerola.
Sus cacharros ya eran demasiado viejos. Cuando llegó el ferretero le dijo que por qué no, se compraba un orinal. Que le quitara el asa y, tendría una cacerola saliéndole más barato. Y lo hizo - hace una pausa terminada en una risa continua-.
Pero ni el asa ni nada le quitó. Con el asa llevaba el orinal que sería cacerola.
Fue muy conocida mi madre por ello. Pues cuando iba a comprar siempre era "¡Le doy la vez a la del orinal!" "¡La del orinal... La del orinal!" - Continúa riendo-.
Creo que no te lo conté a ti, no. Pues no tenía más que tres años cuando estalló la guerra. Y mi padre... Mi padre cuando se tuvo que ir me cogió y me llevaba con él.
Mi madre "¡Pero chico, suelta a la niña! ¡Deja a la niña!" -más risas-. A mí padre se le fue la cabeza. Cuando mi madre llegó hasta nosotros y me llevó de vuelta a casa. A deshacer el camino que mi padre había hecho llevándome. Pobrecilla mi madre, lo que tuvo que andar.
En ese momento tu abuelo, cuando llegó la guerra dormía en las vías del tren. Por Calero Pita. Cogían los colchones y se los llevaban allí. -Mi abuelo llegó por la espalda e interrumpió el monólogo que escuchaba de la boca de aquella mujer que era mi abuela-. Le estaba contando todo aquello de la guerra. -Mi abuelo continuó hablando, pues había estado escuchando desde el principio-. Claro, en ese momento, aquel era el refugio. Para las mujeres estaba lo que se conocía como "servicio social para la mujer", se encargaban de suministrar víveres y ropas para la población.
Pobre mi madre -Continuó mi abuela- Se tuvo que quedar con los cinco hijos que tenía. Yo la pequeña de todos. Ella sola.
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