No sabía a quién echaba de menos en realidad...
No diré nombres... pero no sé si echaba de menos a alguno de ellos o a la Miriam presuntamente feliz e ignorante, que había sido anteriormente cuando la vida era tibia y plana y cada día parecía al anterior.
Dentro de mí habitan millones de yo, con diferentes personalidades. Y pronto se extendería un inmenso territorio inexplorado, un viaje sin mapa ni brújula, ni guía en el que él no podría acompañarme.
Debía hacerme a la idea de que tarde o temprano desaparecería de mi vida todo aquello a lo que me aferré durante años, o tal vez meses o días. Que todo viene y se va. Tarde o temprano, y que la culpa tal vez no sería mía, como pensaba desde que recuerda mi memoria.
Debía aprender a contener lágrimas. A ser más fuerte. Y no caer cuando algo de todo aquello pasara.
Hay personas que no dejan de recordarme día a día lo débil y frágil que soy al dañarme a mí misma. O por el simple hecho de llorar.
Otras sólo dicen que soy una persona muy fuerte habiendo sido capaz de dañarme. De que no hay nada malo en llorar. Y que tarde o temprano pasaría la tormenta. Que siempre habría días peores y que debería cuidarme a mí misma. Y ser egoísta por una vez en mi vida y no pensar en los demás.
Siempre me habían dicho que no merecía la pena llorar por alguien. Por un idiota. Que sólo me había hecho daño. Y que aún así yo perdonaba y quería.
Pero nunca he llegado a aprender a no llorar por alguien que se va, o que se aleja de repente. Que deja de hablar. Que se vuelve frío, distante...
Debería estar acostumbrada a estas situaciones. Situaciones que no consigo controlar. Con las que mi vida pega un vuelco y no soy capaz de reaccionar. Lloro. Duermo. No como. Y quiero morir.
Aunque en esos momentos ya me sienta muerta en vida, siempre me gustaba volver a sentir la sensación de todas las pastillas en mi interior. No sentir nada. Y no volver.
No hay comentarios:
Publicar un comentario