Pensé en ir a dormir pero me desvelé al tocar la almohada.
Y es que suele pasar muy a menudo que la noche sea el momento de impregnar tu mente de pensamientos, por mucho que no quieras.
Piensas demasiado en un pasado que fue. Y pasas a un futuro lleno de interrogaciones. Pues últimamente la gente te ha echado para atrás, te ha hundido y te lo ha hecho pasar tan mal que comienzas a plantearte si realmente servirás para ello. Y dejas de verte en ese futuro que tanto habías soñado e imaginado. Quedándote de nuevo en un punto muerto.
Un punto muerto que te apuñala constantemente. Vuelves a esa tristeza de la nada. Ves que todo lo que has hecho no sirvió más que para perder el tiempo y tal vez darte cuenta de que no era lo tuyo. O tal vez es eso lo que quieren que pienses. Ya no puedes fiarte.
Sin embargo, sigues sonriendo delante de los demás, por muchas ganas que tengas de morir o de dejar todo de lado. Porque tienes que hacer que todo te resbale. Hacer como que nada te afecta y hundirte tú sola en la cama por las noches. Temiendo lo que pueda venir al día siguiente.
Vuelves a no querer levantarte de la cama por las mañanas. Te aíslas del mundo. Y vuelves a pensar el para qué estás haciendo todo lo que haces. Dejas de ver el sentido. Y decides que no quieres continuar. Pensabas que sería para siempre esa felicidad que te inundaba, que no volverías a pensar como pensabas y que realmente lo que querías era vivir. Pero todos los sueños se esfumaron. Tu vida perdió el sentido y sólo quedaba cortarte las venas.
Ahora vuelves a la cama con la esperanza de que todo vaya a mejor al día siguiente. Con miedo a lo que los sueños te puedan desvelar.
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