martes, 1 de marzo de 2016

Hasta que finalmente...

Te encuentras en la orilla de una playa desconocida.
No hay nadie, estás sola, sentada en la arena mientras el agua roza tus pies y tu cabeza se inunda de pensamientos. Entonces quieres ir más al fondo. Vas adentrándote en el agua. Está muy fría. Ya te cubre por la rodilla pero quieres más. Sigues yendo hacia el fondo hasta que el agua llega a cubrirte hasta el cuello. Y sigues nadando... pero cuando quieres volver hasta la orilla, la corriente te arrastra cada vez más al fondo. Nadas de forma inútil para poder salir de allí pero no puedes. Estás muy agobiada. Miras al horizonte y todo es agua por todas partes, agua que no acaba. No puedes volver. Te cansas de seguir luchando contra corriente y te acabas rindiendo, dejándote llevar.
Sin darte cuenta te estás hundiendo. No te quedan fuerzas y tu cuerpo va descendiendo lentamente hasta tocar el fondo más oscuro. Pero estás tranquila, incluso empiezas a tener una sensación de sueño. No puedes hacer nada. Hasta que finalmente sueltas todo el aire y cierras los ojos...

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