Después de una larga charla, me di cuenta de que yo sólo había ido cargando culpa desde que era una cría.
Algunas incluso sin ser asunto mío pero que llegaba a afectarme, que la gente decía "es pequeña, no se entera" y, acababa teniendo la mentalidad de un adulto, que toda persona de familia, calle, profesores... decían que era una mini adulta, que no era propio de una niña. Que viví la realidad demasiado pronto. Esa culpa venía de la familia, de la muerte de mi padre, de la gente que estaba y ya no está, de amigos que se fueron sin dar una buena explicación y de parejas que me hacían ser la culpable. Sintiendo rabia hacia mi persona, pensando que si todos coincidían en que yo era una persona horrible y se alejaban, era por mi culpa. Así descubrí que nada de eso era así, que una relación es de dos, y que si algo no funciona, es por ambas personas.
Aunque terminé llorando, salí con una felicidad anormal en mí, ya que había conseguido comprender algo de todo lo que me pasaba. Porque habíamos conseguido desmigajar algo de los inicios de este estado.
A la tarde puede que sintiera algo de miedo ya que iba a hacer algo nuevo en mi vida, no era bailar, era quedar con un profesor para montar una coreografía. Nunca había estado sola en una clase, y estaba asustada, pero siempre se tiene miedo a lo desconocido, hasta que ves cómo realmente es, y pasa a ser algo normal. Y el miedo desaparece. Para mi desgracia (o mi suerte) no pude comprobarlo ya que los planes fallaron. Pero no podía acabar el día de esa forma.
Junto con mi hermana fuimos a ver al minino adoptado de mi tía, aunque antes pasamos por la escuela donde nos echamos unas risas antes de seguir el camino. Un lugar del que nunca quieres salir. Las palabras de mi hermana lo decían todo: "Creo que ya entiendo el por qué no quieres volver a casa después de clase".
Y con el gatito al fin intenté hacer buenas migas de nuevo. Conseguí reflejarme en él, vi, sentí, como cada vez que le acariciaba parecía muerto, no estar... Le sentí como yo fui un tiempo. Sentí cómo se disociaba. Tenía miedo y decidí dejarle su espacio aunque acabara escondiéndose sí o sí. Me transmitía paz pero a la vez mal estar, pues sentía que no quería estar conmigo y yo insistía.
A la noche y de vuelta en casa vuelvo a sentir esa tristeza tan intensa. Hago un mar de lágrimas en la habitación y quedo dormida sin energía.
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