Y sin querer decepcionar a mi hermana. Porque íbamos a ir al concierto sí o sí. Llevando toda la mañana para coger unas entradas que finalmente salieron a las 11. Estaba dispuesta. Llevaba desde casi las 7 de la mañana esperando a que el botón de compra apareciera. Y el click sonó como un eco en toda la habitación. La tensión se acumulaba tras los minutos de espera que aumentaban. ¿Cómo podía tanta gente a la milésima de segundo saturar la página? ¿Por qué no estaba yo en la compra? 13 minutos... que pasaron a 19 y hasta media hora. Y por fin conseguí llegar a los pasos de la compra. No quedaban apenas entradas. Todo el recinto estaba hasta arriba. Y ya tenía las entradas a un solo click.
Con la música de fondo para ver si me acontecía la suerte... No conseguí terminar la acción de compra. Pues había habido algunos cambios mientras lo hacía. Ya no había nada. Todas las entradas agotadas. Me sentí inferior. Una decepción. No podía haber fallado de esa manera. Pero se me ocurrió un plan que mi hermana escuchó un poco desde el más allá, porque ella sólo quería llorar.
Por la tarde, antes de llegar la hora de partir a baile... quise llorar. Volví a recordar. Tristeza, bienvenida. Y sin fuerzas llegué a clase. Deprimidilla. Estado del que el profesor consiguió sacarme después de disculparse por el plantón del día anterior. Tras un primer ejercicio mi mecanismo se activó y acabé dando botes por toda la clase hasta el final de la hora.
Hasta que volví a casa y el bajón volvió. Siempre a la noche. Siempre llorar. Sólo recordar.
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