miércoles, 22 de febrero de 2017

Sólo faltaba la maleta

Ya tenía los billetes. Sólo faltaba la maleta.

¿Se lo digo? ¿Querrá que vaya? ¿Le gustará la idea? ¿Debería hacerlo? ¿Estaría bien o me sentiría mal y extraña?
¿Qué haría yo si no por allí? Una fuerza exterior acaba apoderándose de mí. Volviéndome loca. No quería que todo fuera diferente. No era capaz de hacerme a la idea. Me adelanté a los hechos. Tensión. Nudos. Desgarros. Lágrimas. Gritos.
-¡Por favor! ¡Para! ¡¿Por qué tengo que estar así?! - No entendía nada. Por qué tenía que estar sufriendo de esa manera... -¡¿Por qué no puedo dejarlo atrás?! Un último grito se hizo eco en una oscuridad completa que poco a poco abría una ventana. 
Con una visión borrosa y algo de luz con el mismo tono de cada día. La alarma sonaba a todo volumen.
No... No te levantes. No merece la pena. Sigue durmiendo, necesitas desconectar. Si no lo haces sólo pensarás. Sólo recordarás de nuevo. No conseguirás centrarte en clase. Harás todo horriblemente mal y verán tu careto deprimido durante todo el día. No es buena idea. Hice la croqueta durante un largo rato sin querer levantar. Sin querer respirar entre las sábanas. No podía llorar. No debía. No serviría de nada. No... ¡NO! Su imagen seguía en mi cabeza. Le quería ahí, conmigo. Necesitaba volver a verle. Volver a estar con él. 
A veces los sueños son traicioneros. A veces los sueños se convierten en pesadilla. Una pesadilla que te persigue durante el día. Y hasta que no acabe contigo no se irá. Claro que... cuando se vaya tú ni siquiera existirás. ¿Puedes ser fuerte? ¿Eres capaz de soportar todo ese dolor constante? ¿Puedes vivir con el recuerdo y la traición durante el resto de tu vida? Pero... había una pregunta que nunca llegaba a responderse... ¿Se podría acabar con todo ello?
Las lágrimas humedecieron la almohada por completo. Siempre pensé que esta absorbería todas y cada una de las lágrimas sanando cada día un poquito más el dolor. Que cambiaría esas lágrimas por sueños, ilusiones y sonrisas. Pero esta mañana sólo podía llorar. Pedí ayuda y fui arropada entre unas lágrimas bastante ácidas. Con su imagen siempre presente. Le pedía que por favor se fuera, e insistía en quedarse en mi cabeza. Conseguí, aunque fuera a medio empujones, salir de casa y partir rumbo a clase. No quería que la gente me viera la cara. No quería que nadie viera esos ojos rojos, humedecidos y algo hinchados de llorar. No quería que nadie viera cómo seguía llorando. No quería continuar moqueando. Pero el viaje en bus fue todo un drama.
Cara acelga durante el día. Guardando. Conteniendo sentimientos. Pensamientos. La gente suele ahogarse en el alcohol para hacer que todo sea más llevadero. Otros deciden meterse lo primero que pillan para sentirse mejor.
Yo... sólo sabía bailar. Sólo quería recordar los pasos. Sólo quería contar una historia. Sacar todo. Yo... sólo sabía jugar a la PlayStation centrándome en una historia que no era la mía. Pensar. Pensar en hacerme daño. En desaparecer. Sólo sabía que le echaba demasiado de menos.

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